Edición 628 .
El Casar de Talamanca, 1591. La Santa Inquisición pilla a un grupo de vecinas haciendo cosas raras un martes por la noche —hierbas, cánticos, un cabrón de por medio— y decide que lo suyo no es "reunión de amigas" sino aquelarre en toda regla. Las condenan a la hoguera. La noche antes de la ejecución, las brujas, que no eran tontas, sueltan un "esto no va a quedar así" con más mala leche que efecto inmediato: un pacto que se queda a medio cocer, como un cocido sin garbanzos.
Siglos después llega un grupo de arqueólogos con más ganas de salir en el periódico local que de respetar a los muertos. Deciden que la fosa común de las brujas es el sitio perfecto para hacer su tesis doctoral. Cavan, remueven, sacan huesos, hacen fotos para Instagram... y, oye, sorpresa: resulta que "no molestar a las brujas ejecutadas injustamente hace 400 años" no estaba en el manual de buenas prácticas arqueológicas.
El pacto se activa. El pueblo entero se levanta con más hambre que remordimiento: los poseídos del aquelarre, cadáveres con cuatro siglos de rabia acumulada y cero paciencia. Y las brujas, que tampoco se han quedado precisamente calladas todo este tiempo, vuelven a reunirse en el Calvario —ese sitio "monumento religioso" que en realidad llevaba siglos siendo su discoteca ritual particular, solo que sin barra libre.
Moraleja de la noche: si encuentras una fosa común con nombre de "aquelarre" en la etiqueta, no la abras "para ver qué hay".
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